By Margery Gordon, Art Critic.
Former Contributing Writer at Art Basel Miami Beach Magazine
The artwork of Angel Mendoza is rooted in the South, specifically the ancient core of South America where the Incas’ mysterious legacy meets the Andes’ majestic beauty. Their origins intertwine at Ingapirca, where Mendoza was raised in the shadow of Ecuador’s oldest preserved ruins. Although direct references to archaeological landmarks rarely appear on canvas, the mystical aura of this sacred site emanates from his work. His primary subjects remain the humble pueblo, passed by transient pilgrims, and its peaceably diverse townspeople. Even after two decades of living and working in Miami, this painter dwells in the picturesque setting and indigenous neighbors of his childhood, refracting memories through the lenses of time, distance and the subconscious.
“Ingapirca, is, was and will be, a nascent novel, from the first visions of my life,” says Mendoza, who identifies with the enduring heritage of the Incas more than the evolving regional culture of the Huayna Capac. “The language has since expanded, but the mother of all my art is in Ecuador.”
Drawing on dreams and subjective perceptions, Mendoza blends ingredients from diverse Modernist traditions, infusing Surrealist and Expressionist ingredients with the exotic flavors of Magic Realism. He learned the mother tongue of Latin American masters as a young apprentice in the Quito studio of Gonzalo Endara Crow, among a generation of Ecuadorian painters credited with translating the motifs of literary lore into the realm of painting. Mendoza developed a style more folkloric than fantastical, his vignettes of village life at once Andean and universal. Overlapping rooftops and open windows evoke the Russia of Chagall’s fairytales, whereas rustic frames amid swirling skies conjure the provincial charm of Van Gogh’s iconic scenes from the South of France.
The anthropomorphic elements of earlier paintings bear the imprint of natural wonders like the jagged profile of the namesake cliff at Cara del Inca. Organic forms in earth tones have since given way to angular, abstracted shapes in bright hues marked by the influence of Picasso’s Cubist portraits. Yet Mendoza’s characters are not modeled on individual muses, rather imagined amalgams of familiar silhouettes and distinctive features rendered in the vibrant green, yellow and red threads still woven and worn by the descendants of the region’s native tribes.
The bold outlines of silhouettes and masks are fleshed out with finer lines in parallel or curling patterns, occasionally punctuated by playful symbols like treasures embedded in a maze. As if grafting fingerprints into facial tattoos or revealing invisible ink beneath the skin, Mendoza expounds upon the lines earned with age, tracing the experiences that forge identities and suggesting narratives waiting to be unraveled.
La obra de arte de Angel Mendoza está arraigada en el sur, específicamente en el antiguo núcleo de América del Sur, donde el misterioso legado de los incas se encuentra con la majestuosa belleza de los Andes. Sus orígenes se entrelazan en Ingapirca, donde Mendoza se crió a la sombra de las ruinas conservadas más antiguas de Ecuador. Aunque las referencias directas a los monumentos arqueológicos rara vez aparecen en el lienzo, el aura mística de este sitio sagrado emana de su trabajo. Sus principales sujetos siguen siendo el humilde pueblo, pasado por peregrinos transitorios, y su gente pacíficamente diversa. Incluso después de dos décadas de vivir y trabajar en Miami, este pintor habita en el pintoresco entorno y los vecinos indígenas de su infancia, refractando los recuerdos a través de las lentes del tiempo, la distancia y el subconsciente. "Ingapirca, es, fue y será, una novela naciente, desde las primeras visiones de mi vida", dice Mendoza, quien se identifica con la herencia perdurable de los incas más que con la cultura regional en evolución de los Huayna Capac. "El lenguaje se ha expandido desde entonces, pero la madre de todo mi arte está en Ecuador". Basándose en sueños y percepciones subjetivas, Mendoza combina ingredientes de diversas tradiciones modernistas, infundiendo ingredientes surrealistas y expresionistas con los sabores exóticos del realismo mágico. Aprendí la lengua materna de los maestros latinoamericanos cuando era un joven aprendiz en el estudio de Quito de Gonzalo Endara Crow, entre una generación de pintores ecuatorianos a los que se atribuía la traducción de los motivos de la tradición literaria al ámbito de la pintura. Mendoza desarrolló un estilo más folklórico que fantástico, sus viñetas de la vida del pueblo a la vez andinas y universales. Los tejados superpuestos y las ventanas abiertas evocan la Rusia de los cuentos de hadas de Chagall, mientras que los marcos rústicos en medio de remolinos de cielos evocan el encanto provincial de las icónicas escenas de Van Gogh del sur de Francia. Los elementos antropomórficos de las pinturas anteriores llevan la impronta de maravillas naturales como el perfil irregular del acantilado homónimo en Cara del Inca. Las formas orgánicas en tonos tierra han dado paso a formas angulosas y abstractas en tonos brillantes marcados por la influencia de los retratos cubistas de Picasso. Sin embargo, los personajes de Mendoza no están inspirados en musas individuales, sino en amalgamas imaginadas de siluetas familiares y rasgos distintivos representados en los vibrantes hilos verdes, amarillos y rojos que todavía tejen y usan los descendientes de las tribus nativas de la región. Los contornos audaces de las siluetas y las máscaras se desarrollan con líneas más finas en patrones paralelos o rizados, ocasionalmente puntuados por símbolos juguetones como tesoros incrustados en un laberinto. Como si injertara huellas dactilares en tatuajes faciales o revelara tinta invisible debajo de la piel, Mendoza expone las líneas ganadas con la edad, rastreando las experiencias que forjan identidades y sugiriendo narrativas que esperan ser desentrañadas.
Poesía y Color
Un artista joven que se destaca en el arte pictórico con una desafiante Maestría en el color en la forma y en el contiendo Si observamos sus obras encontraremos una renovada cromática donde la expresión y la plasticidad se unen para revelar rostros, llenos de mistificad, humanismo y poesía. Quienes hemos asistido evolución de su arte nos encontramos ante un artista en constante superación, buscando la perspectiva de línea que enrique el pensamiento con nuevas sensaciones de belleza y reflexión. Un mundo plástico lleno de luz y armonía donde la mirada de los rostros, el matiz de naturaleza, nos señala en ese joven artista una promesa para el arte contemporáneo y moderno del Ecuador. La continua renovación de sus obras en las exposiciones que realiza, nos hace pensar que es un artista en permanente búsqueda con la verdad, con esa fuerza espiritual que se adquiere a través de los enfrentamientos, las luchas y el deseo de superación. Sus creaciones adquieren mayor importancia porque también como pintor, Ángel Mendoza es poeta una razón mas para evaluar sus obras.
Mario Moreno Gariboto.
Critico argentino
Los matices huipaleros de Rendon Seminario, los contrastes de Guayasamín la telúrica contraluz de Kigman, o la mortecina feroz de Camilo Egas, son en Ecuador, ejemplos de esos anhelos deslumbrantes pero a luz, hecha en un día por el hacedor, de acuerdo a los bíblicos refrentes se ha demorado un poco mas en estallar en la historia de la pintura de esa especie de analogía de la vida, oh quizá, al contrario, de esa sabia fuente que en la ironía de Borges podría ser la verdad y la vida tan solo la continuación de aguafuertes y tenebristas pesadillas.
Ángel Mendoza es un buceador, no buscador de la luz. En el Fondo de la obscuridad, probablemente la centalla sea solo un alfiler de plata y es ahí cuando el Indagador existencial debe, si no existe, inventarse un resplandor que acompañe sus utopías.
¿Qué color tendrán las utopías de siglos venideros?
¿Quizá el color de la poesía?
Rafael Alberti a conjugado (en presente) esa dualidad poética y pictórica que lo hizo encontrar, en la memoria de melancolía, su arboleda perdida, por ello consignaba aquello, dedicado a Picasso “… Tu has pintado la música que vistes “.
Con la sencillez del que empieza a trotar a caballete y sabe, desde el fondo de su conciencia, que mientras más luz descubra, un nuevo fulgor estallara entre sus manos y su esperanza. Ángel Mendoza encontrara, quizá pronto, la resolana que lo cobije y pueda cubrir a los demás.
Dr. Stalin Alvear
Presidente de la Casa de la Cultura Quito Ecuador
TIERRA MISTICA AMERICA
Es un sugestivo nombre que el autor Ángel Mendoza ha elegido para identificar a este conjunto de pinturas ejecutadas con acrílicos o materiales mixtos sobre tela.
Y la verdad es que hacen honor al nombre, si consideramos que el diseño en su contexto general trasunta una energía mestiza que se esmera por inscribirse en las variantes pictóricas del pop art, especialmente de aquellas pinturas que se promueven en las galerías de South Beach de la Florida y en la atmosfera variopinta de artistas decoradores que desarrollan una hibridez estilística, donde sobresale la materia pictórica, antes que el dibujo consumado con precisión académica. En efecto el trabajo de creación de Ángel Mendoza tiene un planteamiento “nuclear”. Suele disponer de vario núcleos compositivos que se complementen entre si formando un contexto significante de gran envergadura y libre albedrio de interpretación temática.
Ejecutado de esta manera su arte, bien podría recordarnos aquellos bordados provincianos que desbordan imaginación - compositiva, o aquellos diseños de incisiones que se desplazan en primorosas cerámicas americanas. Podrían ser coloridos encajes, o vibrantes tapices con florilegios y espacios míticos. Y en cualquiera de estas expresiones Ángel Mendoza tiene una heredad evidente de artista intuitivo, y casi primitivo en el momento de expresar su universo místico, como el de aquellos hacedores de actos rituales en búsqueda de una plenitud identitaria netamente americana. “Maravilla oculta” llama Ángel Mendoza a uno de sus trabajos y en realidad en cada uno de ellos se percibe una maravilla develada, por medio de un oficio natural que le permite armar estructuras cromáticas con lineamientos sinuosos de dibujo básico y elemental para soportar vigorosas descargas de color intenso. Precisamente lo mas relevante de su acción pictórica es aquella comunión equilibrada entre el diseño lineal y la mancha de color desplazándose en sugerencia de floraciones, zoomorfas o esquemas de personajes levemente graficados. La intensidad de su cromática es una fiesta de color, con aquel dramatismo desinhibido con que se expresan las mayorías migrantes, en territorios que le exigen expresarse con propiedad antropológica y pasión latinoamericana.
Es una patética revelación del arte mestizo de signo contemporáneo, que no intenta proclamarse univoco en su visión inventiva, sino que más bien, se sintoniza en la estela ancestral de nuestros antepasados para presentarse como una alternativa fusión de un arte cosmopolita y metropolitano.
Otra de sus virtudes plásticas, paradójicamente, es la ausencia de signos folclóricos, que suelen degenerarse en “souvenirs”, o sino en objetos plásticos de limitado culto chauvinista.
El lenguaje de Mendoza se conecta con las voces y grafías contemporáneas de las grandes ciudades donde nuestros congéneres se desgastan en la sobrevivencia y en el mas descarnado anonimato. Y su acto de pintar es la recreación plástica de las nostalgias, el desarraigo, y la imperiosa necesidad de decirlo con gritos de colores, en los oscuros silencios de lo global. Ojalá que en sus afanes de transeúnte que aspira la plenitud del oficio la claridad del mensaje, sea inspirada cual un chasqui que recibe la posta de las buenas nuevas americanas, que así sea.
Hernán Zúñiga